lunes, 30 de junio de 2008

Otra crónica de la QH

Normalmente no copiaría otras crónicas aquí, pero es que esta es de las que de verdad llegan a tocar fibra sensible. Es la narración de la QH por Juanfran, uno de los compañeros piratas que fueron conmigo (el tercero por la izquierda en la foto de mi crónica), y que no pudo acabar. Merece la pena leerla.

La otra cara de la moneda.

Es la vida. Unas veces ríes y otras acabas llorando. En ocasiones te comes el mundo y en otras, sin embargo, te proteges de un entorno que parece morderte. Ying y Yang. Gato y ratón. Blanco y Negro. Opuestos. Contrarios. Y necesarios, como los dos enveses de la hoja de un árbol. Como las dos caras de una moneda. Un día ciclista, en una ruta no muy lejana, sientes una felicidad tal que no cabes en ti; otro, el sábado, te sientes mal. Triste. Afligido. Pudo ser pero no fue. Y escondido tras las gafas, disimulándolo por el calor, te ves unos instantes llorando en la cima del puto Marie Blanque. Contrastes. Creía en lo contrario mientras bajaba Somport.

No soy un pro, no vivo como un pro y ni tan siquiera entreno como uno de ellos. Ni puedo y, podría asegurar, ni quiero. Es otro nivel. Otro universo. Otra dimensión. De charlas, de vistas a los lados, de guiños cómplices con el voluntario que se está torrando en un cruce francés, que ni le va ni le viene, sólo para que yo, por un día, me sienta un poco más grande. Es lo que siento.

Por eso me encanta el ambiente de la Quebrantahuesos. Tantas bicis juntas, tantos amigos, tanta gente a la que quieres ver y, sin embargo, no encuentras… Es necesario algo así, esté donde esté. Pero está en Sabiñánigo; así lo creo. Y te ves ahí, en el mismo sitio del que has escuchado decenas, cientos, miles de historias y anécdotas. Del que has leído todo lo publicable. De un sitio que conoces sin conocer. Ojo rampa; bien bien, kilómetro suave. Descenso. Avituallamiento. Otso ondo, otson ondo. Y una ilusión: decir que has completado el recorrido de la QH. O quizá, en el camino, sentir en las carnes propias la parte final del Portalet y, en la medida de lo posible, el ambiente de la parte final del coloso. 

La mañana de la marcha no comenzó bien. Notaba molestias en el lado derecho. Mecagüen, pensé, le comenté a Alberto, uno de los siete Piratas que compartimos alojamiento en Tramacastilla, precioso pueblo colgado de la montaña. Molestias. Bueno, a ver qué pasa, que 205 km dan para mucho. No he podido salir en los últimos días, con lo que no he podido reforzar la autoestima con ese puntito de optimismo que te da el rodaje. Pero me conozco. Mejor que nunca, de hecho. Y eso, y es para agradecerlo, es gracias a mucha gente con la que he compartidos kilómetros. Tengo el coco necesario y, gracias al trabajo, he tenido tanto lío que no he tenido tiempo de visitar foros y contagiarme de ese aroma previo a una gran cita como ésta. Hubiera sido, así lo creo, contraproducente: me hubiera puesto nervioso. Pero no tenía nervios. O el haber estado en Sabiñánigo en 2007, en la Treparrisco, me hizo vacunarme contra el miedo escénico. A saber.

Las molestias se olvidan cuando, en la cola del pelotón, esperas. Hablas con tus compis, con Andrés y su hermano Sergio, con Josep, tres Piratas que navegan por el mountain bike pero que has seducido por que, por unas horas, se pongan slicks y se aventuren a abordar la dama blanca. Charlas con gente de clubs, te haces fotos. Bromeas. Alegría. Joer qué gozada antes de la marcha. ¡Coño! ¡No puede ser! Justo detrás de mí, el Zarabici con el que acabé en Lagos. Un saludo, otra foto. ¡Qué grande es este deporte!

Y llega el petardazo. Tardamos, pero comenzamos a movernos. Primero a saltitos, luego con pedaladas suaves, poco después con un ritmo letárgico. Nos agrupamos los Piratas del furgón de cola (otros van por delante), nos reencontramos con amigos y vamos hacia la entrada de Sabiñánigo. Y ves cómo se vuelca el pueblo, cómo a las ocho de la mañana las calles están abarrotadas para aplaudir a amigos, familiares,… La QH es un acontecimiento. Intento provocar una ola. Veeeeennnngaaaaa ahíiiii. Y consigo, en una curva, que varios se animen. Y aparece una ola, pequeña, pero ola. Mi modesta contribución a la alegría. Gracias por estar ahí, gente de puta madre.

Hacia Jaca se vuela, pero entre charlas, buscando un ritmo de crucero acorde a flacas y mountain bikes, con algún saludo esporádico a conocidos que van más rápido y un APM cuyo nombre no recuerdo –reitero mis perdones-, te ves en las primeras suaves rampas del Somport. Bonitas perspectivas. Bonitos pueblos. Y la espalda se sobrecarga. Mierda, piensas. La cosa se pone seria antes de la Torre de los Fusileros. Ahí pego el primer amago. Joder, no puedo trasmitirle ritmo a los pedales. Siento fuerza, pero no puedo canalizarla. Es una sensación molesta. Andrés me mima. Venga, vamos. Pero no puedo. Pasamos Canfranc y la evidencia es grande: no va a ser tu mejor día, muchachote. Me descuelgo. Los Piratas me esperan. Me jode por ellos. Intento acelerar para que no me tengan que esperar, pero ellos a mi ritmo, a su vez, pierden la posibilidad de ir a su velocidad de crucero. Es la ley del más fuerte. Nos pasan muchos.

En el primer avituallamiento hay una tregua. Como, bebo y me masajeo. El parón me viene bien. O quizá no, es un engaño. La cima está muy cerca y no tengo tiempo de volver a sentir achaques. Ruedo reagrupado con los Piratas, pero antes de unas instalaciones de la Guardia Civil se me van otra vez. Josep me espera y me anima a unas simpática aficionadas con las que compartiría después un rato en la meta. La reostia de gente. Llego a la cima, el mismo sitio donde cinco kilómetros más abajo me decía que me daría la vuelta. Pero venga, vamos a probar. Me hago una foto arriba, tras decirle a los Piratas y a Pedro, otro colega, que paro un rato. No confiaba en cogerles en la bajada, pero sí en el tramo llano.

Me lanzo. Bajo mal, pero en Somport me lo paso realmente bien. Voy con cuidado, a una velocidad alta para lo que soy yo. Voy con precaución, pero sin ir cagado. Y me gusta verme así. La espalda, sin embargo, va a más. En la bajada me atormenta y, de hecho, tengo que parar un par de veces , ya al final de valle, para que se me pasen las molestias. Ruedo sólo como diez kilómetros, por tierras francesas, degustando los aromas del verdor y los torrentes. Yo y mis dolores. Paso un pueblo, llega un repecho y veo las estrellas. Vengo de un desarrollo y la espalda, que no las patas, me piden otro muy distinto. Contradicciones. Así no joanfry. Veo una ambulancia. Y si… Pienso y les llamo. Me echan un poco de réflex. Vamos a probar. Efecto placebo. Me veo recuperado. Cojo un poco de tono y logro rodar un poco con Ángel Toña, el fundador de Ciclismo a Fondo. Me sonaba su nombre, que leí en el dorsal, y le comenté que disculpase mi indiscreción, pero que me sonaba a “periodista”. Bingo. Historia del periodismo ciclista. Y hablando un poco me veo en el Marie Blanque. El inicio, como lo soñé. Precioso. Evocador. Huele hasta asfalto derritiéndose. Busco un ritmo. Lo encuentro, a duras penas. Una fina frontera entre el movimiento y las molestias. Es fastidiado estar metido en faena con una sensación negativa: el dolor. Un desgaste adicional. Paro donde el agua. Charlo con la gente un poco. Bromeo. Me pasan motos, ambulancias y hasta un autobús, que me abre la puerta. Sigo, sigo, le digo. Llega lo duro de la Dama Blanca. Paso un kilómetro con más pena que vergüenza. Paro. Segundo aviso serio. Ando un poco. Me pasa un cicloturista con una bici rara y alforjas, ajeno a la marcha. El ritmo es bueno, pero, tras montar, no le puedo seguir. Veo el reloj. Echo cuentas. Los cierres de paso son generosos, pero no milagrosos.

Estoy tan jodido pensando que hacer que el calor me da igual. Hace mucho calor. 40 grados. Cierro los ojos. Decido no atormentarme más. Lo dejo. Me bajo de la bici y claudico ante uno de la organización, que me veía venir de maduro. No puedo evitar que se caigan las lágrimas, camufladas entre las gafas. Me maldigo, maldigo el Marie Blanque, me cago en su puta madre, en su puto asfalto, en su puto calor. Lo dejo. Me bajo. Adiós. Le mando un sms a Andrés, que me llamó un par de veces antes, pero la cobertura fallaba: Me retiro. Llegad por mí.

(….)

Un servicio exprés, un minibús rellenado en la cima del Marie Blanque, nos lleva a la meta. Las bicis van en otro camión. Comparto viaje con Pedro, olé sus cojones. Allí me tomo unas cervezas, como y no dejo de darle al coco. Me cuesta hasta andar. Si me siento, al ponerse en marcha me duele toda la pierna derecha. Maldigo todo. No volveré a la QH. Logro hablar con Andrés: estamos a diez de coronar el Portalet. Venga, chavales, a por él. Lo lograron. Cuatro horas después llegaron. Por goteo, de uno en uno. Primero Sergio, luego Andrés y luego Josep. Antes llegaron Alberto e Iñaki, dos habituales, dos fenómenos. Antes, mucho antes, Serpal. Su marcha es otra.

Veo llegar a la gente muy tocada. Veo a un chaval que se queda sin entrar en meta (me cuesta usar esta palabra). Sólo quiere vomitar. Está mal. Bajonazo de tensión. Le mojamos, a ver si se recupera. Llamamos a los bomberos, que estaban al lado. Acaba viniendo una ambulancia. Se lo llevan. Estaba muy jodido. ¿Merece la pena eso? Retirado al lado del final. Tu eres un campeón , pero no aparecerás en las clasificaciones, joder. Una de las chicas del Somport, que estaban por meta, le cogen el chip y va andando a la alfombra. Detallazo. Ese chaval se merecía entrar en las clasificaciones. Le valida el chip y se lo vuelve a poner. Él, pobre, no se entera. Está muy mal. Me entero de historias de gente que ha recibido suero, asistencia médica más seria. La QH es dura, pero el calor la ha endurecido más. Me alegro de haberlo dejado: quizá hubiera sido imprudente.

Y de golpe tardan más en llegar los participantes. Cada grupo es más pequeño; cada cara un poema. Me pongo en la cuneta a aplaudir. A gritar. A animar. Esos tíos se lo merecen. La espalda, sinceramente, me da igual. Muchos lo agradecen: te saludan, te ofrecen la mano, se santiguan, sonríen entre rictus de esfuerzo. Quizá crean que yo, todavía de ciclista, soy un machaca de menos de siete horas. Me preguntan, uno que pasaba por allí, que quién ganó… No lo sé, le digo. Diez segundos de silencio y le volví a responder: todos estos que están entrando son los que han ganado. Supongo que, básicamente, es envidia sana. Sentimiento animal: yo querría sentir eso. Y veo que son cuatro páginas en Word las que ya están manchadas de reflexiones. Pensamientos escritos desde la desilusión, valoraciones de quién y cómo soy yo como cicloturista. De mis límites, de mis impedimentos. Cuestiones de balanza, de sopesar.

Y te acuerda del puto Marie Blanque y buscas cómo poner un punto y final medianamente coherente a todo este tocho con una lagrimilla por el rabillo del ojo.


Juanfran! el año que viene... Vendetta! 

2 comentarios:

Dani dijo...

Muy bonita crónica

Sergio dijo...

Como ya dije. Realmente magnifica.